Nos llaman vagos, holgazanes, zánganos. Nos reclutan a la fuerza para usarnos a destajo en sus menesteres. Nos impusieron su forma de vida, la hacienda, el trabajo, el ocio. Nos enseñaron a sufrir, a sudar, a pedir, para conseguir el sustento, la comida, el techo, la bebida. Nos iniciaron en la competencia entre hombres y mujeres como la mejor manera de organizarnos. Nos quitaron la tierra, los animales, las plantas para convertirlos en fetiches de sus ambiciones. Nos privaron de nuestros dioses, de nuestros ritos, de nuestras voces, para imponernos el único dios que perseguían día y noche: el dinero.
Para eso, para todo trabajo, fieros y competentes en puntear las reses y en talar quebrachales, repuntar en los montes la cerrazón del alba, regar las hortalizas secas en el verano, desbravar alazanes indomables, apagar la humareda del noroeste triste.
Para todo trabajo. Venimos de los atajos hondos, de los gritos tajantes en las encrucijadas, de torvos sucedidos en madrugadas altas de luceros, del filo servicial de los puñales, de aguaceros calientes, obrajes y fronteras.
Para todo trabajo, señor.
Seguir, rastrear las huellas de los jaguares cebados en un silencio oscuro, de pastorear las lluvias que apresan los follajes, empujar las tormentas sobre las cordilleras. Venimos, del hambre, el hambre, el hambre, ese negro chacal del pecho, de las llanuras áridas, sedientas, del músculo ahogado sobre un puño anhelante.
Para todo trabajo, señor.
Y para un día sacudir la afrenta, y con mano afilada por serpientes de corales, llamar a los descalzos, y desgranar maíces de sonrisa amarilla, y a grandes pasos verdes apisonar los valles.
CRÓNICAS SERRANAS EN 3D
Los hombres y las mujeres de la Tierra llegaron a las Sierras.
Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados. Cada uno tenía una razón diferente. Venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. Venían en busca de un mundo que es imposible imaginar. Llegaron solos o en grupos, a vivir o de vacaciones.
Comenzaron a organizar la vida de las gentes. Comenzaron a reproducir los mismos problemas de los que venían escapando.
CRÓNICAS SERRANAS EN 3D
RADIO CURVA 99.5 : Salsipuedes : Sierras Chicas : Córdoba : AL
Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados. Cada uno tenía una razón diferente. Venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. Venían en busca de un mundo que es imposible imaginar. Llegaron solos o en grupos, a vivir o de vacaciones.
Comenzaron a organizar la vida de las gentes. Comenzaron a reproducir los mismos problemas de los que venían escapando.
CRÓNICAS SERRANAS EN 3D
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domingo, 2 de mayo de 2010
intro Citon 3
Las montañas no tienen rocas, ni el mundo tiene individuos. Las rocas son la montaña, los individuos son el mundo. El universo es una totalidad. La boca está debajo de los ojos, los pájaros vuelan en el cielo, los peces nadan en el agua, todo ocupa su sitio naturalmente, sin esfuerzo, con felicidad. El ave bajo el agua se ahoga, tanto como el pez en el cielo. La felicidad es ser nosotros mismos en el medio que nos corresponde. Pensamos pero no somos nuestros pensamientos. Cuando nos identificamos con ellos, cesamos de ser nosotros mismos. Los pensamientos son, nosotros no. De un pensamiento surge otro pensamiento y así hasta el infinito. Pero decir “pan” no quita el hambre. Si nos vemos a nosotros mismos, no estamos vacíos. Nadie viene, nadie va, todo está aquí siempre. Cada pensamiento es un espejismo. No hay causa primera, no es huevo ni la gallina, esto no tiene comienzo ni fin, permanente impermanencia, informe presente. ¡Acepten el aparente cambio!
(extraído de El maestro y las magas de A. Jodorowsky)
(extraído de El maestro y las magas de A. Jodorowsky)
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citon
intro Citon 2
Hubo un tiempo en el que todo era bueno. Un tiempo feliz en el que nuestros dioses velaban por nosotros.
No había enfermedad entonces, no había pecado entonces, no había dolores de huesos, no había fiebres, no había viruela, no había ardor de pecho, no había enflaquecimiento.
Sanos vivíamos.
Nuestros cuerpos estaban entonces rectamente erguidos.
Pero ese tiempo acabó. Desde que ellos llegaron con su odio pestilente y su nuevo dios y sus horrorosos perros cazadores, sus sanguinarios perros de guerra de ojos extrañamente amarillos, sus perros asesinos.
Bajaron de sus barcos de hierro: sus cuerpos envueltos por todas partes y sus caras blancas y el cabello amarillo y la ambición y el engaño y la traición y nuestro dolor de siglos reflejado en sus ojos inquietos
nada quedó en pie, todo lo arrasaron, lo quemaron, lo aplastaron, lo torturaron, lo mataron.
Cincuenta y seis millones de hermanos indios esperan desde su oscura muerte, desde su espantoso genocidio, que la pequeña luz que aún arde como ejemplo de lo que fueron algunas de las grandes culturas del mundo, se propague y arda en una llama enorme y alumbre por fin nuestra verdadera identidad, y de ser así que se sepa la verdad, la terrible verdad de cómo mataron y esclavizaron a un continente entero para saquear la plata y el oro y la tierra.
De cómo nos quitaron hasta las lenguas, el idioma y cambiaron nuestros dioses atemorizándonos con horribles castigos, como si pudiera haber castigo mayor que el de haberlos confundido con nuestros propios dioses y dejado que entraran en nuestra casa y templos y valles y montañas.
Pero no nos han vencido, hoy, al igual que ayer todavía peleamos por nuestra libertad.
(extraido de Taki Ongoy)
No había enfermedad entonces, no había pecado entonces, no había dolores de huesos, no había fiebres, no había viruela, no había ardor de pecho, no había enflaquecimiento.
Sanos vivíamos.
Nuestros cuerpos estaban entonces rectamente erguidos.
Pero ese tiempo acabó. Desde que ellos llegaron con su odio pestilente y su nuevo dios y sus horrorosos perros cazadores, sus sanguinarios perros de guerra de ojos extrañamente amarillos, sus perros asesinos.
Bajaron de sus barcos de hierro: sus cuerpos envueltos por todas partes y sus caras blancas y el cabello amarillo y la ambición y el engaño y la traición y nuestro dolor de siglos reflejado en sus ojos inquietos
nada quedó en pie, todo lo arrasaron, lo quemaron, lo aplastaron, lo torturaron, lo mataron.
Cincuenta y seis millones de hermanos indios esperan desde su oscura muerte, desde su espantoso genocidio, que la pequeña luz que aún arde como ejemplo de lo que fueron algunas de las grandes culturas del mundo, se propague y arda en una llama enorme y alumbre por fin nuestra verdadera identidad, y de ser así que se sepa la verdad, la terrible verdad de cómo mataron y esclavizaron a un continente entero para saquear la plata y el oro y la tierra.
De cómo nos quitaron hasta las lenguas, el idioma y cambiaron nuestros dioses atemorizándonos con horribles castigos, como si pudiera haber castigo mayor que el de haberlos confundido con nuestros propios dioses y dejado que entraran en nuestra casa y templos y valles y montañas.
Pero no nos han vencido, hoy, al igual que ayer todavía peleamos por nuestra libertad.
(extraido de Taki Ongoy)
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intro de Citon 1
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua,
¿cómo es posible que alguien se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra, cada rama brillante, cada puñado de arena, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo.
La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del comechingón.
Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.
Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos.
El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres.
Una porción de tierra, para él tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita.
La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino.
Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa.
Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados.
Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos.
Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco.
Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera, o el batir las alas de un insecto.
¿Que resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?
¿Qué es el hombre sin los animales?
Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales, en breve ocurrirá a los hombres.
Hay una unión en todo.
Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra.
Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.
Esto es lo que sabemos: todas las cosas están relacionadas como la sangre de una familia.
Hay una unión en todo.
(extraido de la Carta de un Jefe Indio de Seattle)
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua,
¿cómo es posible que alguien se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra, cada rama brillante, cada puñado de arena, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo.
La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del comechingón.
Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.
Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos.
El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres.
Una porción de tierra, para él tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita.
La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino.
Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa.
Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados.
Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos.
Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco.
Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera, o el batir las alas de un insecto.
¿Que resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?
¿Qué es el hombre sin los animales?
Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales, en breve ocurrirá a los hombres.
Hay una unión en todo.
Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra.
Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.
Esto es lo que sabemos: todas las cosas están relacionadas como la sangre de una familia.
Hay una unión en todo.
(extraido de la Carta de un Jefe Indio de Seattle)
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